Esta mañana me he levantado con toda la calma del mundo, no sentía la necesidad de darme prisa en desayunar, ducharme ni vestirme… Tampoco en ir al trabajo me he dado mucho brillo que digamos, he ido tranquilo y relajadamente, leyendo el código Da Vinci por si algún día pe da por ver la película.

Por las mañanas, el metro de Madrid está hasta arriba, símplemente tienes que dejarte llevar para que la marea de gente te arrastre hasta los andenes. Sin embargo, por la tarde, a pesar de que también hay algo de jaleo, todo se antoja más tranquilo.

Sin embargo, hoy que no tenía prisa por volver a casa, he tenido tiempo de ver que esto no es así, que tal vez me parecía todo más calmado ya que lo veía desde un punto de vista cinético.

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Al salir del tren para hacer el trasbordo, toda la gente se lanzaba como animales salvajes hacia las escaleras mecánicas, parecía una competición para ver quien ganaba el premio gordo, parecían las malditas rebajas.

Otro día tal vez yo también hubiera sido tan irracional, pero hoy nadie me esperaba.