Ayer, en la columna de José Ayala en 20minutos:

Mi amigo Joaquín volvió el otro día de Roma. «Precioso, pero lleno de turistas», sentenció ante una caña.

Joaquín, hijo, tengo que darte una mala noticia. Tú, y yo, y todos los que no somos romanos, somos turistas cuando llegamos allá con bermudas o sin ellas. Pero hay algo en el ser humano que nos hace ver los problemas como causados por los demás.

Es lo que yo llamo ET, el efecto turista: turistas son los demás; hay que ver qué mogollón de gente había en esa cola, es que son como borregos (los otros, claro); menuda caravana, adónde irán todos estos domingueros, etc. Lo malo del ET que también se puede llamar LGHLey de la Gilipollez Humana–, esa que nos dificulta, o incluso nos imposibilita, buscar soluciones.

Y ya no hablo sólo de esa falta de modestia que tiende a hacernos creer tipos superiores que vamos a beber cultura mientras los otros son miembros de la masa un tanto molesta. Hablo de cosas más serias, como nuestros coches, que polucionan gravemente el planeta y degradan la vida en nuestras ciudades, ay este Madrid atorado en un tráfico imposible. Y en eso tiene mucha culpa su auto. Y el mío también, por supuesto.

Real como la vida misma